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Ser Libro (I)

Mi experiencia en el mundo del libro no es corta ni incipiente ni primeriza. Todo lo contrario. El libro mucho me temo que no tiene secretos para mí. Y sin embargo siempre es nuevo, y conservo la fascinación y el morbo por cada libro que veo. Mi experiencia es larga en esto de tener a los libros tan presentes, hasta el punto de ser lo más constante de mi vida. He tocado todos los aspectos que pueden tener que ver con los libros: escribirlos, traducirlos, editarlos. Recuerdo una época en que trabajé en la Biblioteca Nacional. Allí me consideré un privilegiado: fue la vez en que todos los hados estaban de mi parte y tuve la fortuna de enseñarle a Claude Simon los ricos fondos de la Biblioteca: las traducciones de Petrarca que hiciera el Marqués de Santillana, los manuscritos de nuestra literatura, la primera edición del Quijote... Pero lo de privilegiado me venía de antes y tiene su historia, gracias a las concomitancias entre esos dos polos en torno a los que he venido siempre dando vueltas: la vida y los libros.

Siempre he creído que los libros y la vida tenían entre sí relaciones extrañas. Por un lado, lo que hace una –esto es, la vida– no lo hace el otro –es decir, el libro–, y lo que se restan mutuamente, a veces, no es comparable con lo que se añaden. Ya decía el Roquentin de Sartre en 'La Náusea' que escribir quita la vida, y algo de cierto hay en eso; pero también es cierto que los libros pueden iluminar una vida. Aunque se me ocurre esta reflexión: si los libros iluminan una vida, ¿acaso no será porque esa vida no se vive lo suficiente?

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Mi aprendizaje siempre ha ido orientado a saber vivir por encima de todo, a acumular experiencias, a ser fiel al gran poema de Cavafis “Ítaca”, cuando dice “ve a Ítaca y en tu camino llénate de aventuras y de experiencias” porque eso es lo único que valdrá la pena de la vida: vivirla sin miedo y sin frenos. Y he pensado en ocasiones que ese freno para vivir ha sido, precisamente, el libro. Y esto es aplicable a toda su cadena: escribirlos, traducirlos, editarlos... De esto me di cuenta a temprana edad y por eso siempre he procurado hacer algo que vi, años más tarde, plasmado en uno de mis maestros, Roland Barthes, y su libro, modélico para mí, 'Barthes por Barthes': vivir la vida como si la leyera, como si fuese un libro. Al fin y al cabo lo que por encima de todo yo era y soy, en esa cadena del libro, es un lector. Por tanto qué mejor que aplicarme a serlo con todas las consecuencias.

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Vivir la vida como si la leyera. Bonita frase. No es fácil entenderla, la verdad, y menos explicarla. Pero a medida que he ido viviendo, he descubierto que era así, al menos para quien como yo ha decido que, de haber sido algo en la vida en vez de ser lo que soy, habría elegido ser libro y no persona. Pero bien pensado, esto es desde luego una tontería pedante, porque si de verdad hubiera nacido libro, el problema sería enorme: libro, sí, pero ¿de qué autor?

Mas como digo que a veces percibo la vida como si la leyera, he de decir que he percibido en mi vida algo que se llama coincidencias. Las coincidencias tienen que ver con hechos que interrelacionan otros hechos y que encadenan en la vida de uno etapas, nombres, personas, vivencias, trayectorias... En general son aspectos ocasionales, interpretativos, del todo subjetivos, que tan sólo quien los vive en estrecha relación con “lo coincidido” puede entenderlos, pero a veces hay que reconocer que son inequívocos, desbordantes. Por ejemplo, hace unos años me dio por leer a fondo a Leandro Fernández de Moratín. Lo leía todo porque en sus libros de viajes y en su actitud y descreimiento notaba yo ciertas afinidades fraternas, como si, de haber podido elegir alguna reencarnación, tal vez habría elegido él reencarnarse en mí o yo en él (aunque, la verdad, murió muy pobre y perseguido, no era un buen sino). Fue una época febril, en que todo lo moratiniano me interesaba, y hasta pensaba escribir una breve biografía suya contada por su maleta (¡qué mejor narradora que una maleta!). Entonces, cierta noche, bajé la basura al contenedor habitual de la puerta de casa. Nada importante, era un gesto domestico más, vulgar en sí. Pero sucedió: junto al contenedor había, cómo no, una vieja maleta. Una maleta de cartón, con doble cerradura. Estaba entreabierta. Y como lo más literario del mundo es una maleta cerrada, lo más tentador para un escritor es una maleta cerrada que parece entreabierta. Le di una pequeña patada. Con el golpe se abrió del todo. Y he aquí el milagro: no tenía nada, absolutamente nada, salvo tres libros, tres tomos (dos amarillos y uno azul): 'Las Obras Póstumas' de Leandro Fernández de Moratín, edición de Rivadeneyra de 1867. Y sin abrir, intonsas. Enviadas desde el cielo de los escritores por el mismo Leandro, supongo.


 

© 2008 Adolfo García-Ortega  Todos los derechos reservados