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Ser Libro (II)

En el origen de todo, en mi vida literaria, está Julio Verne. Haciendo una gracia muy a la manera ingeniosa del diablo Guillermo Cabrera Infante, casi diría que, para mí, el verbo se hizo Verne (y no carne). En mi casa, los primeros libros que leí eran las novelas de aventuras de este escritor. Las leía con diez y doce años. Las leía debajo de las sábanas, con una linterna, por las noches. Y en esos libros, lo recuerdo bien, tuve las más maravillosas sensaciones de lector (luego alcanzadas con otros libros que han sido hitos lectores en mi vida: 'La regenta', de Clarín, el 'Ulises', de Joyce, 'Cien años de soledad', de García Márquez, o 'La vida modo de empleo', de Georges Perec o 'Las personas del verbo', de Jaime Gil de Biedma), y también ahí, en las obras de Verne, adquirí lo que es el vicio quijotesco-bovariano de los libros.

En esa edad ya empecé a darme cuenta de que los libros no eran cosa sólo de leerse, sino también que había un olor, un tacto, una fantasía a la que transportaban –como se dice de una droga–, un deseo de ser esa cosa maravillosa que aún no he sabido descifrar, y que cuando quiero expresarla digo la tontería de “quiero ser un libro”, porque creo que aquel objeto daba placer pero también daba conocimiento, y daba seguridad y daba una identidad, ese querer ser libro, que con el tiempo ha resultado una obsesión inconfesable (propia de un loco). Entonces yo no lo sabía pero había empezado a amar el “proceso” de hacer libros.

No fue inmediato, sino más tarde, cuando, además de querer oler y tocar los libros, y de querer escribir como Verne, de querer viajar y recorrerlo todo (aunque esto no como Verne, quien, de nuevo para confirmar al Roquentin de Sartre en 'La náusea', si bien cincuenta años antes, escribía sobre viajes pero no viajaba, es decir, escribía pero no vivía), lo que me planteé fue escribir como Verne.

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¿Y las coincidencias? Resultó que el editor de Verne era Jules Hetzel, el más famoso editor de su tiempo. Un avaro, por cierto. Le pagaba muy estreñidamente a Verne, no le daba ni un franco en derechos de autor, ya que, por lo general los editores les daban a los autores una cantidad cerrada para siempre jamás, o a lo sumo, si era un autor que vendiera, les pagaban con un sueldo. Eso precisamente hacía Hetzel con Verne, que le pagaba un sueldo al mes y le exigía cuatro libros al año. Y como suele sucecer, este Hetzel, entre otras veleidades, tenía –aunque no demasiado talentosa– la de ser escritor. Y lo intentó con el seudónimo de P. J. Stahl. La coincidencia de la vida está en que, andando el tiempo, yo terminé por traducir un libro de ese P. J. Stahl. Y lo curioso, además, es que el libro que escribió y yo traduje era, paradójicamente, un alfabeto en verso, 'Adivina el alfabeto' se llamaba y estaba dedicado a los niños. En ese libro les contaba sin mucha gracia qué era una letra, qué letra era y qué tipo de letra. Los editores, como decía Barral, son tipógrafos natos. No en balde el origen de los editores está en los impresores. El gran editor español del siglo XVIII (el editor de Moratín, por ejemplo) era el gran impresor Ibarra, cuyos libros aún no se han superado en calidad y belleza. Tenía razón Carlos Barral: los editores vocacionales, los que aman los libros también desde la infancia porque los han mamado, aman sobre todo las letras. En mi caso, por ejemplo, en ese afán al que he aludido por ser libro más que persona, siempre me he guiado, a la hora de elegir un editor para mis obras, no por la categoría de la editorial, ni por su capacidad de vender más, sino por el aspecto formal de los libros, por cómo son sus letras. Y en este sentido, los libros que más me gustaban, por su tipografía de interiores y por la manera de disponer las portadillas o los índices, eran los de la argentina Losada o la catalana Seix Barral.

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De Verne pasé a otras lecturas, a otros libros, y en todos ellos se repetía la misma fascinación que mezclaba deseo de escritura, fantasía por el mundo leído, un olor, un tacto, una ilustración en cubierta, una tipografía... Pasaron Dostoievski, Baudelaire... Pasaron decenas, y luego centenares de libros... Y ahora miles ya... Y leí con devoción a Pavese. Y luego a Ítalo Calvino. Los dos trabajaron para una de las mejores editoriales del mundo: Einaudi. En mi mapa de coincidencias, Einaudi pasa por ser el editor de la obra toda de dos poetas, Giuseppe Ungaretti y Salvatore Quasimodo, que me han influido muchísimo, y cuyos ejemplares me fueron regalados en Toulouse por una italiana que supuso también mucho para mí y a la que yo le regalé un 'Gatopardo' de Lampedusa (mi preferido entre los preferidos), y, ¡ah coincidencias!, este Giuseppe Tommasi de Lampedusa fue descubierto por Giorgio Bassani (es historia conocida: un libro rechazado por muchas editoriales que pasa a convertirse en un gran éxito por el olfato de un editor, Feltrinelli en este caso, pero entre medias el autor se muere y se pierde la fiesta), y yo a Giorgio Bassani, que escribió aquel libro famoso y magnífico, 'El jardín de los Finzi Contini', lo conocí en Corfú, donde intercambiamos nuestras maletas (¡otra vez las maletas en mi vida!) confundidas en el aeropuerto antes de participar juntos en un encuentro literario.


 

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